La otra vez escuché que el cambio climático era una farsa. Después googleé al hombre que escribía eso (un australiano, no recuerdo el nombre) y pensé que era un demente. Sólo un demente puede estar en contra de los informes de Naciones Unidas, las estadísticas oficiales de los principales países desarrollados, y la masa de periodistas que opina lo mismo. Es difícil oponerse a posturas que calan hondo en la sociedad. Es "grave" estar en contra de la mitad más uno, de un pueblo entero.
Lo que antes se tomaba como una herejía (con destino final de hoguera o guillotina), ahora se exclama como locura. Decir que el cambio climático es una farsa, o bien, que está adulterado por importantes holdings con intereses en temas conexos, y por personalidades de diversas áreas (científicos, estadistas, pensadores, miembros de Greenpeace), es ir contra la ley, contra la verdad. Pero, si bien muchas veces nos ponemos de acuerdo para tildar de herejes a aquellos pocos que piensan distinto de temas tan evidentes, en raras ocasiones nos ponemos de acuerdo en lo que es o no es verdad.
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